Había una vez un barrio en el que los herreros sólo producían puertas de hierro forjado por pura estética. Había una vez un barrio de casas bajas en el que todos los vecinos se conocían entre sí, y en el que chicos, jóvenes y viejos circulaban hasta la medianoche sin temor alguno; un barrio en el que la vereda era casi una extensión a cielo abierto de la casa propia. Un barrio en el que está asentado el hospital más importante de la provincia. El mismo barrio que alberga a una escuela histórica y centenaria, en la que los directivos no terminan de acordar con los padres si los chicos deben llevar o no todos los días sus "netbooks" del programa Conectar igualdad, para no tentar a las fieras. Un barrio en el que las paradas de ómnibus se han vuelto trampas, con arrebatadores que escapan raudos en sus motos, en la más total impunidad, sin la más mínima vigilancia policial. O, si la hay, no se hace notar.
El viejo Barrio Sur, aquel que en estos tiempos suele visitar la página policial con cierta asiduidad, ya no es el que era entonces. Cada vez más alto y anónimo, no sólo ha cambiado la fisonomía, sino también la percepción de que el espacio público ya no les pertenece a los vecinos. Eso sí, hay cada vez más rejas. Rejas grises, carcelarias, anónimas, uniformes, ni sombra de aquellas que nos remiten a aquel "caserón de tejas" al que no le quedan ni el patio, ni el aljibe, ni la reja. Rejas que sirven, eso sí, para paliar apenas la sensación de intemperie que se ha apoderado de la zona. Pánico moral, como bautizó esa sensación en los años 50 del siglo pasado el inglés Stanley Cohen, que proponía analizar la inseguridad sin perder de vista el contexto en el que estallaban los conflictos que involucraban a pandillas. Los vecinos del Barrio Sur estuvieron a punto de rendirse ante el pánico moral. La semana pasada, en una forrajería ubicada en General Paz al 1.000, dos mujeres se resistieron a un atraco, gracias a su valentía y a la solidaridad de vecinos que acudieron en su defensa. Terminó con final feliz. Podría haber culminado de otro modo, como terminan la mayoría de los casos en los que los vecinos deben resolver por mano propia lo que no resuelve el Estado, en este caso las fuerzas de seguridad de la gestión alperovichista.
Después de ese episodio, los vecinos de la zona decidieron reunir firmas para pedir seguridad. Les ganaron de mano los del "otro" Barrio Sur (Buenos Aires y Avenida Roca y alrededores), que se autoconvocaron con el mismo reclamo. La explicación de porqué la zona se ha vuelto tierra de nadie desnuda la falta de previsión en la materia: se pusieron cámaras en el centro y barrio norte y los cacos se mudaron al barrio Sur. ¿No sabían que eso iba a suceder? Si los vecinos de la avenida Roca logran, gracias a su movilización, que les instalen cámaras, que tiemblen los de la zona aledaña.
Que lo de la inseguridad no es cuento opositor lo muestran un par de iniciativas recientes, una de ellas surgida de un alperovichista de pura cepa como Marcelo Caponio: el legislador justicialista ha propuesto la creación de los "vigías ciudadanos", con parte del personal del Programa Argentina Trabaja. Desde el Concejo Deliberante capitalino, el edil amayista Germán Alfaro propone crear la Policía Municipal, inspirado en experiencias de otros municipios argentinos.
En ambos casos, los agentes sólo tienen poder disuasor, ordenador y de control, y no pueden portar armas. La figura que propone Alfaro -que en los fundamentos recuerda que el propio Eugenio Zaffaroni ha destacado el rol del municipio en las estrategias de seguridad- exige un perfil especial, que garantice que su presencia en la zona cumpla con ese objetivo de disuasión. Un objetivo que, hasta ahora, no cumplen ni los policías armados que cumplen vigilancia en algunas zonas, como muestra la evidencia. Tanto la propuesta de Alfaro como la de Caponio giran alrededor de dos ejes: armar una trama, una red de convivencia solidaria. Habrá que probar, en esta sociedad que se ha vuelto tan violenta que ha roto todos los moldes.